La ORACIÓN de JALAL AD-DIN RUMI

Cuando llegaba la hora de rezar, Rumi dirigía su rostro hacia la alquibla (la dirección hacia donde los musulmanes dirigen la vista cuando rezan, en el sagrado santuario ubicado en La Meca) y el color de su bendita faz cambiaba.

La preparación de Rumi para la oración diaria recordaba a la oración del Califa Ali. Como se sabe, el rostro de Ali, «Emir al-mu’minin», el Emir de los creyentes, cambiaba de color y comenzaba a tiritar de miedo cuando llegaba la hora de rezar. Cuando se le preguntó: «Oh Emir de los creyentes, ¿Qué te está pasando?», contestaba: «Ha llegado la hora de dirigirse a Dios y cumplir con mi obligación de la Confianza Divina que Dios ofreció a los Cielos, a la Tierra y a las montañas y tuvieron miedo y no la aceptaron. Tengo miedo de no poder cumplir con esta obligación que he asumido».

Rumi rezaba con un corazón abierto y olvidándose de sí mismo. En su rezo se encontraba y se reunía completamente con Dios. En realidad, el propósito del rezo es encontrar a Dios espiritualmente, reunirse con Dios olvidándose de uno mismo y escapando de nuestra existencia imaginaria. Es por esta razón que el Profeta dijo: «El rezo es la reunificación con Dios». Pero aquellos que miran sólo a las apariencias de las cosas no pueden ver y comprender cómo sucede esta reunificación. Es también por esta razón que el rezo se considera el pilar de la religión y la ascensión del creyente a los Cielos. Se observa frecuentemente que el Profeta empezaba el rezo después de los rezos de la noche y lo continuaba hasta la mañana siguiente, llevando a cabo el rezo de las dos rak’as, olvidándose de sí mismo en presencia de Dios. También se observó que permanecía en postración o en inclinación durante un día o una noche.

Los rezos de Rumi no eran tan sólo como los rezos de cualquier otro creyente, que se efectúan como una obligación para alcanzar la complacencia de Dios sino que estaban caracterizados por ser unos rezos de corazón y amor. El siguiente pasaje del Diván-i Kabir ilustra el estado de Rumi en el rezo:

Cuando la hora del rezo de la noche llega todo el mundo enciende
su casa y prepara la mesa, pero yo encuentro el espíritu del Amado
en mi corazón y empiezo a sollozar y a lamentarme.
Ya que hago la ablución con mis lágrimas, mis rezos son inflamados.
Cuando el sonido del adzan (la llamada a la oración) alcanza la
puerta de mi mezquita, arde totalmente.
¿Dónde se halla la alquibla?
Falté a mis rezos, he de recuperarlos.
Tú y yo recibimos muchos retos por estos rezos perdidos.
Me pregunto si los rezos de aquellos que están embelesados con el
amor de Dios son correctos.
Dímelo, porque el éxtasis no conoce tiempo ni espacio.
¿Estoy rezando la segunda rak’a? ¿O es la cuarta? ¿Qué capítulo recité?
No puedo hablar debido al entusiasmo.
¿Cómo puedo llamar a la puerta de Dios cuando no me queda ni
manos ni corazón? No estoy en mi mismo.
Te llevaste mi mano y mi corazón. ¡Oh Dios mío! No queda nada
de mí. Por lo menos me das alimento y confianza.
Por Dios, no sé cómo rezo.
¿Complete la inclinación? ¿Quién es el imán? No tengo ni idea.
De ahora en adelante permíteme que sea como una sombra delante y
detrás de cada imán para que a veces pueda encogerme y postrarme
con el miedo de Aquél que me creó…

Ya que amamos este mundo y nos concentramos demasiado en nuestros asuntos diarios, no nos damos cuenta que estamos en presencia de Dios cuando rezamos y pensamos en las cosas que hemos hecho o que vamos a hacer. No importa cuánto lo intentemos, no podemos escapar de estos extraños pensamientos. Nos concentramos en los asuntos del mundo que de forma extraña vienen a nuestra mente y confunden los rezos. Al contrario que Rumi, que se confundía en sus rezos porque estaba embelesado con el amor de Dios, nosotros nos confundimos en el rezo a causa de la embriaguez del amor de este mundo.

Sipehsalar narra por escrito: «Si describiese una décima parte del éxtasis, el amor y la bendita atracción de Rumi, este libro no sería su-ficiente».  ¡Oh lector, que Dios te conceda el éxito! Debes saber que el embelesamiento de la atracción es un estado de fascinación y éxtasis que se produce porque Dios atrae a su siervo hacia Él. Es estar tan embelesado que uno se olvida de sí mismo, es fascinarse con la grandeza, el poder y los atributos de Dios. La atracción es la reunión con Dios, morir antes de morir y alcanzar a Dios mientras vivimos. Si no hay ta-lento espiritual en una persona para caminar en la senda de Dios, no importa cuánto se esfuerce esa persona o cuánto se mortifique, nunca obtendrá la unión con Dios. La atracción es un favor de Dios, el Más Glorioso, en el pasado eterno. Es un ofrecimiento espiritual que Dios otorgó a las almas de algunas personas en el mundo de los espíritus antes de venir a este mundo.

Basado en los textos de Sipehsalar - Tomado de svida.com

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