¿ Es posible la adivinación ?

Todas las épocas han tenido sus visionarios, personas que parecen poseer un don especial. Una de esas personas con ciertos poderes de profecía fue el enigmático sabio francés al que conocemos como “Nostradamus”, que vivió en el siglo XVI. Su Centurie Astrologiche y otros escritos, algunos de los cuales hoy se consideran apócrifos, proyectan un conjunto de acontecimientos futuros a través de unos 550 años después de su muerte. Hay una anécdota muy conocida de su vida que cuenta cómo un día, en Italia, encontró a un monje que había estado guardando cerdos en su pueblo natal antes de vestir el hábito religioso. Nostradamus se hincó de rodillas ante él y el humilde religioso quedó asombradísimo al oír que le daba el título de “Vuestra Santidad”. Naturalmente todos los testigos de la singular escena soltaron la carcajada, y el monje, no fue el menos admirado. Sin embargo, años más tarde, aquel monje, que se llamaba Félix Peretti y que con el tiempo se convirtió en el cardenal de Montalvo, tomó posesión del trono pontificio con el nombre de ¡Sixto V!

En la historia más reciente encontramos otros con el don de la profecía, como Jean Dixon, que fue llamada la sibila de Washington. En 1944 predijo la muerte del presidente Roosevelt y también la aparición del comunismo en China cuando este país estaba invadido por los japoneses. En 1945 auguró la división de la India en dos países: India y Pakistán, ocurrida el 2 de junio de 1947. Y también vaticinó la muerte por asesinato de John F. Kennedy y de Mahatma Gandhi.

También tenemos al clérigo Robert Charles Anderson, que predijo la “guerra fría”, la separación en dos de Alemania, la creación de la bomba atómica y la invasión de Checoslovaquia por los tanques rusos. Y destaca Edgen Gayce, que predijo el desplazamiento de los polos. Las sacudidas sísmicas del globo terráqueo harán aparecer la mítica y sumergida Atlántida. Sobre la Atlántida nos hablaría también Madame Blavatsky, la gran esoterista del siglo XIX, cuyo poder de predicción era extraordinario. Cuando ella escribió una de sus grandes obras, Isis sin Velo, la hipótesis de los electrones no era aún conocida por los físicos de su época. Esto no le impidió afirmar, en una especie de vaticinio científico, que “la teoría unitaria de la química moderna se funda en las polaridades eléctricas de los átomos”. Precisamente la mítica Atlántida es para ella un claro hecho que guarda el futuro como un tesoro. Ella dice: “si hace cien años el mundo no sabía nada de Pompeya o Herculano; nada del lazo lingüístico que une a las naciones indoeuropeas, nada de la significación del vasto número de inscripciones sobre las tumbas y templos de Egipto… ¿Quién puede asegurar que dentro de cien años los grandes museos del mundo no estén adornados con joyas, estatuas e instrumentos de los atlantes…?” Ya Schliemann probó que Troya no era una fantasía inventada por el genio poético de Homero, por lo que muchas leyendas pueden verse convertidas en historia a medida que avancen las investigaciones.

El fenómeno de la adivinación se ha dado en las más grandes culturas de todos los tiempos, desde la egipcia a la china y desde los etruscos a los mayas. Todos creían tener la posibilidad de conocer el futuro, y era tan firme esta creencia que durante todo el Imperio Romano, más allá de su fragmentación en el Imperio de Occidente y el de Oriente y en el Imperio Bizantino, estaba prohibido bajo pena de muerte hacer adivinaciones sobre el futuro de los emperadores. Heródoto, el llamado “Padre de la Historia”, narra infinidad de casos, como el de aquel rey de Oriente que, habiéndole predicho los adivinos que moriría a causa de una carreta, prohibió que en su territorio circulase ninguna; murió en una revuelta de palacio, clavado en su trono por una espada que llevaba en su empuñadura la figura de una carreta.

El hombre, desde la antigüedad, ha querido siempre adivinar, ver, interpretar de alguna manera cuál era el futuro que le esperaba y por eso siempre elaboró alguna técnica. Por ejemplo, en la época Shang de los chinos, hacia el 1700 a.C. echaban caparazones de tortuga al fuego e interpretaban las diferentes rajaduras que se hacían. En Babilonia las profetisas poseían unas piedras que parecían ser aerolitos, cuyo contacto despertaba la visión profética. En Grecia y en Roma son de todos conocidas las visitas a los oráculos para conocer el destino, como el famoso de Delfos, que se decía que había sido construido por el propio Apolo, tras haber dado muerte a la serpiente Pitón. Este oráculo desempeñó un papel vital en los asuntos griegos. Los romanos tomaron muchas de sus prácticas de la antigua cultura etrusca, como la aruspicia, que consistía en la inspección de las entrañas de animales sacrificados para conocer en ellas el porvenir.

En el mundo actual utilizamos multitud de métodos y técnicas heredadas la mayoría de ellas de la antigüedad, como el tarot, el I ching, la quiromancia, las runas, la bola de cristal o la propia astrología. Pero también las hay muy sofisticadas y extravagantes como la tiromancia, que es la adivinación mediante la coagulación del queso, o la codonomancia, adivinación a través de las campanas. En muchas de estas técnicas sus nombres terminan en “mancia”, es un sufijo derivado de la palabra griega mantis, que significa “adivino” o “profeta”. De todo lo dicho hasta ahora deducimos que la historia parece corroborar la existencia de la adivinación. Entonces, si existe la adivinación, ¿es que el futuro ya está escrito y es inexorable? Si con sentido filosófico nos adentramos en los porqués de los aconteceres históricos y los fenómenos naturales, descubriremos que tanto las más antiguas enseñanzas como los actuales descubrimientos y teorías sobre la constitución del Universo nos señalan la existencia de una fuerza metafísica que rige de manera inteligente todos los fenómenos y les da unas determinadas características a través de las leyes naturales. Entonces predecir el futuro, o decir que los designios de Dios son un enigma es cierto si lo tomamos en ciclos inconmensurables para nosotros, pero a escala humana pueden ser conocidos.
Toda la ciencia no es otra cosa que el conocimiento de los designios de una Gran Inteligencia, nos dice el filósofo y profesor Jorge Ángel Livraga. Y estos designios no son anárquicos, sino que se repiten y el conocimiento de sus repeticiones y de los ritmos que los rigen es el conocimiento de las leyes que rigen todo lo manifestado; en este plano dimensional o en cualquier otro. “Así es arriba como es abajo”, dice el Kybalión. Existe un camino para todas las cosas y un orden o disciplina preestablecida, pensada, que excluye toda posibilidad de casualidad y la reemplaza por la causalidad o relación armónica entre las causas y los efectos, que a su vez son causas de otros efectos posteriores. De esto podríamos deducir lo que los filósofos hindúes llamaron hace miles de años sadhana, el sentido de la vida; y un dharma, que es la ley que la rige; y el karma, el conjunto de acciones y reacciones que se producen.

¿Cómo podríamos, entonces, mover un sólo hilo de nuestro destino? Concibiendo lo que Platón llamaba obediencia a la Naturaleza de las Leyes Universales. Descubrimos que en esa obediencia también hay cierta libertad que ejercitaría en el hombre su capacidad de discernimiento y búsqueda de la Verdad. Entonces lo que convierte en inexorables a los verdaderos presagios es nuestra propia falta de conocimiento.
Con el estudio de las leyes de la Naturaleza podemos llegar a entender que podemos vivir en libertad dentro de lo inexorable y así ir venciendo nuestros miedos. Esos miedos que nos hacen ver un futuro oscuro e incierto. Si aceptamos que estamos en los comienzos de una nueva micro-glaciación y que nuestra civilización occidental está en crisis, esto puede obedecer a la “Ley de los ciclos”. Siguiendo las enseñanzas tradicionales y el estudio de la Historia descubrimos que la Vida es cíclica. El estudio y conocimiento de esta y otras leyes de la Naturaleza y el Universo, nos hace descubrir que el siglo XXI será un eslabón más de la larga cadena de la Historia. Así que no hay por qué temer al futuro. Porque como diría el gran emperador y filósofo Marco Aurelio: “¿Qué puede pasarle al hombre que no sea propio del hombre?”

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